Tragedias I
Tragedias I HÉCUBA. —Consérvalo, entonces, y no desees lo del vecino.
POLIMÉSTOR. —Ni muchÃsimo menos. Asà disfrute yo de lo que tengo, oh mujer.
HÉCUBA. —¿Sabes, pues, lo que quiero decirte a ti y a tus hijos?
POLIMÉSTOR. —No lo sé. Eso me lo indicarás con tus palabras.
HÉCUBA. —Hay… ¡Oh querido! ¡Qué querido 1000 eres tú ahora para mÃ…!
POLIMÉSTOR. —¿Qué cosa es la que es preciso que sepamos mis hijos y yo?
HÉCUBA. —Los antiguos escondrijos del oro de los priámidas.
POLIMÉSTOR. —¿Es eso lo que quieres indicarle a tu hijo?
HÉCUBA. —Precisamente, por medio de ti. Pues eres un hombre piadoso.
POLIMÉSTOR. —¿Qué necesidad hay, entonces, de la 1005 presencia, de mis hijos?
HÉCUBA. —Es mejor que, por si tú mueres, ellos lo sepan.
POLIMÉSTOR. —Bien has dicho. En ese sentido es también más sensato.
HÉCUBA. —¿Sabes, pues, dónde está el templo de Atenea troyana?