Tragedias I
Tragedias I ALCESTIS[33]. —Admeto, ves en qué situación me 280 encuentro. Quiero referirte, antes de morir, lo que deseo. Yo te he honrado y he cambiado mi vida por la tuya, para que puedas ver esta luz. Muero por ti, aunque me habrÃa sido posible no hacerlo, y haber encontrado 285 entre los Tesalios el esposo que hubiera querido y habitar una próspera mansión real. No he querido vivir separada de ti con los niños huérfanos, ni he escatimado mi juventud, guardando los goces con que yo me deleitaba. Y, sin embargo, el que te engendró y 290 la que te trajo al mundo te han traicionado, en un momento de su vida en que habrÃa sido hermoso para ellos morir, salvar a su hijo y aceptar una muerte gloriosa. Eras su único hijo y ninguna esperanza tenÃan, muerto tú, de procrear otros hijos. Tú y yo podrÃamos 295 haber vivido el resto de nuestros dÃas y no gemirÃas, al verte privado de tu esposa, ni tendrÃas que cuidar de tus hijos huérfanos; mas estas cosas algún dios hizo que fueran asÃ. Bien está. Tú ahora mantén en el recuerdo la gratitud que me debes por ello. Una 300 súplica te voy a hacer, mas no equivalente, pues nada hay más preciado que la vida, pero justa, como tú reconocerás, pues tú quieres a estos hijos no menos que yo, si estás en tu sano juicio. Soporta que ellos 305 sean los amos en la casa y no des una madrastra a estos hijos, volviéndote a casar, la cual, siendo una mujer peor que yo, por envidia, se atreviera a poner la mano encima de estos hijos tuyos y mÃos. Eso, al menos, no lo hagas, te lo ruego. La madrastra 310 es odiosa para los hijos del matrimonio anterior, en nada más dulce que una vÃbora. Un niño, sin duda, tiene en su padre una torre poderosa[34] […], pero tú, hija mÃa, ¿cómo vas a ser una muchacha feliz? ¿Qué clase de mujer vas a encontrar como compañera de tu padre? 315 ¡Que no se lance sobre ti algún vergonzoso rumor y en la flor de la edad destruya tu matrimonio! Tu madre no será tu compañera en el dÃa de tu boda, ni te dará ánimos en tus partos, hija, con su presencia, en los que nada hay más reconfortante que una madre. 320 Yo debo morir, en efecto, y este mal no me llegará mañana ni el tercer dÃa del mes[35], sino que, al instante, se me contará entre las que no existen. ¡Adiós, que la vida os sea agradable! Tú, esposo mÃo, puedes 325 ufanarte de haber tenido la mejor esposa y vosotros, hijos, de haber nacido de una madre semejante.