Tragedias I
Tragedias I ADMETO. —¿No conoces el destino que ella debÃa afrontar?
HERACLES. —Sé que ha consentido morir en tu lugar.
525 ADMETO. —¿Cómo va a vivir, si consintió en ello?
HERACLES. —¡Vamos! ¡No te adelantes en llorar a tu esposa, déjalo para su momento!
ADMETO. —Muerto está el que tiene que morir y ya no vive el que pereció.
HERACLES. —Ser y no ser se consideran cosas distintas.
ADMETO. —Tú lo juzgas de una manera, Heracles, yo de otra.
HERACLES. —¿Por qué lloras? ¿Quién de los 530 allegados ha muerto?
ADMETO. —Una mujer. De una mujer hemos hablado hace un momento.
HERACLES. —¿Era extraña, o unida a ti por lazos de parentesco?
ADMETO. —Extraña, mas, en otro sentido, ligada a la casa.
HERACLES. —¿Y cómo perdió la vida en tu casa?
ADMETO. —Desde que murió su padre, estaba aquà 535 como huérfana.
HERACLES. —¡Ay, ojalá te hubiera encontrado, Admeto, exento de dolor!