Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Llevólos luego a su casa, y hizo acostar a don Quijote en una harto buena cama, y llamó al barbero del lugar, que le curase los chinchones que tenía en la cabeza, aunque no eran heridas de mucho peligro. Mas, como vio don Quijote al barbero, que ya le quería curar, le dijo:

—Huelgo mucho en estremo, ¡oh maestro Elicebad!, en haber caído hoy en vuestras venturosas manos; que yo sé y he leído que vos las tenéis tales, juntamente con las medicinas y yerbas que a las heridas aplicáis, que Avicena, Averroes y Galeno pudieran venir a aprender de vos. Así que, ¡oh sabio maestro!, decidme si esas penetrantes feridas son mortales; porque aquel furioso Orlando me hirió con un terrible tronco de encina, y así, es imposible no lo sean; y, siéndolo, os juro por el orden de caballería que profeso de no consentir ser curado hasta que tome entera satisfación y venganza de quien tan a su salvo me hirió a traición, sin aguardar como caballero a que yo metiese mano a la espada.






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