Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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El clérigo y el barbero, que semejantes razones oyeron decir a don Quijote, acabaron de entender que estaba loco; y, sin responderle, dijo el clérigo al barbero que le curase y no le respondiese palabra, por no darle nueva materia de hablar. Después que fue curado, mandó mosén Valentín que le dejasen reposar, lo cual se hizo así. Sancho, que había tenido la candela para curar a su amo, estaba reventando por hablar, y así, en viéndose fuera del aposento, dijo a mosén Valentín:

—Vuesa merced ha de saber que aquel Girnaldo el Furioso me dio, no sé si era con la mesma encina que dio a mí amo o con alguna barra de oro; y sí haría, pues dicen dél está encantado, y, según me duelen las costillas, sin duda me debió de dejar alguna endiablada calentura en ellas. Y es de suerte mi mal, que en todo mi cuerpo, que Dios haya, ninguna cosa me ha dejado en pie, sino es cuando mucho, alguna poquilla gana e comer; que si ésta me quitara, al diablo hubiera ya dado a todos los Roldanes, Ordoños y Claros del mundo.

Mosén Valentín, que entendió el apetito de Sancho, le hizo dar de cenar muy bien, mientras él iba a informarse de quién sería el que llevó a don Quijote el caballo y a Sancho su jumento. Y, averiguado quien les hizo el salto, dio orden en cobrar y volver a su casa a Rocinante con el jumento; al cual como vio Sancho, que estaba sentado al zaguán, se levantó de la mesa, y abrazándolo le dijo:


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