Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Sancho fue luego a ensillar a Rocinante y albardar juntamente su rucio. Pero el buen clérigo, que vio tan resuelto y empedernido a don Quijote, no le quiso replicar más, antes estaba escuchando todo cuanto decía cada pieza que Sancho le ponía del arnés, que eran cosas graciosísimas, ensartando mil principios de romances viejos sin ningún orden ni concierto. Y, al subir en el caballo, dijo con gravedad:

—Ya cabalga Calaínos, Calaínos, el infante.

Y luego, volviéndose a mosén Valentín, con su lanza y adarga en la mano, le dijo con voz arrogante:

—Caballero ilustre, yo estoy muy agradecido de la merced que en este vuestro imperial alcázar se me ha hecho a mí y a mi escudero. Por tanto, mirad si yo os soy de algún provecho para haceros vengado de algún agravio que algún fiero gigante os haya hecho; que aquí está Mucio Cévola, aquel que sin pavor ni miedo, pensando matar al Porsena, que tenía cercada a Roma, puso intrépido su desnudo brazo sobre el brasero de fuego, dando muestras en el hecho de tan grande esfuerzo y valentía, cuanto las dio de corrimiento en la causa dél. Y estad cierto que os haré vengado de vuestros enemigos tan a vuestro sabor, que digáis que en buena hora me recebistes en vuestra casa.


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