Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Comenzó tras esto con toda priesa a arrear su asno; y, pasando por la plaza, le cercaron les jurados y todos los que en ella estaban, por reír un poco con él; el cual, como los vio juntos, les dijo:

—Señores, mi amo va a Zaragoza a hacer unas justas y torneos reales. Si matamos alguna gruesa de aquellos gigantones o Fierablases, que dicen hay allá muchos, yo les prometo, pues nos han hecho servicio de volvernos a Rocinante y al rucio, de traelles una de aquellas ricas joyas que ganaremos y una media docena de gigantones en escabeche. Y si mi amo llegare a ser (que sí hará, según es de valiente) rey o, por lo menos, emperador, y yo tras él me viere papa o monarca de alguna iglesia, les prometemos de hellos a todos los deste lugar, cuando menos, canónigos de Toledo.

Dieron todos con el dicho de Sancho una grandísima risada, y los muchachos, que estaban detrás de todos, como vieron que los jurados y clérigos hacían burla de Sancho, el cual estaba caballero en su asno, comenzaron a silbarle y, juntamente, a tirarle con pepinos y berenjenas, de suerte que no bastaron todos los que allí estaban a detener su furia. Y así, a Sancho le fue forzoso bajar del asno y darle con el palo muy aprisa, hasta que salió del lugar y topó a don Quijote, que le estaba esperando, el cual e dijo:

—¿Qué es, Sancho? ¿Qué has hecho? ¿En qué te has detenido?


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