Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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El bueno de Sancho, que se había hallado presente a todo lo pasado con su asno del cabestro, como vio llevar a su amo de aquella manera, comenzó a llorar amargamente, prosiguiendo el camino por donde le llevaban, sin decir que era su criado; maldecía su fortuna y la hora en que a don Quijote había conocido, diciendo:

—¡Oh, reniego de quien mal me quiere y de quien no se duele de mí en tan triste trance! ¿Quién demonios me mandó a mí volver con este hombre, habiendo pasado la otra vez tantos desafortunios, siendo ya apaleado, ya amanteado, y puesto otras veces a peligro de que, si me cogiera la Santa Hermandad, me pusiera en cuatro caminos para que después no pudiera ser rey ni roque? ¿Qué haré? ¡Pobre de mí!, que estoy por irme desesperado por esos mundos y por esas Indias y meterme por esos mares, entre montes y valles, comiendo aves del cielo y alimañas de la tierra, haciendo grandísima penitencia y tornándome otro fray Juan Guarismas, andando a gachas como un oso selvático, hasta tanto que un niño de setenta años me diga: «Levántate, Sancho, que ya don Quijote está fuera de la cárcel».





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