Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Con estas endechas y mesándose las espesas barbas, llegó a la puerta de la cárcel en que vio meter a su amo, y él se quedó arrimado a una pared con su asno del cabestro, hasta ver en qué paraba el negocio. Lloraba de rato en rato, particularmente cuando oÃa decÃan los que bajaban de la cárcel, a cuantos pasaban por delante della, cómo ya querÃan sacar a azotar al hombre armado; de quien unos decÃan que merecÃa la horca por su atrevimiento; otros le condenaban sólo, movidos de más piedad, a docientos y galeras, por el breve rato que con su buena plática detuvo la ejecución de la justicia; otros decÃan: «No quisiera yo estar en su pellejo, aunque ponga por escusa de su insolencia que estaba borracho o loco». Todo esto sentÃa Sancho a par de muerte, pero callaba como un santo.
Sucedió, pues, que los dos alguaciles, el carcelero y su hijo se fueron juntos a la justicia, ante quien acriminaron de suerte el caso, que el justicia mandó que luego, en fragante, sin más información, le sacasen a la vergüenza por las calles y le volviesen después otra vez a la cárcel, hasta saber jurÃdicamente la verdad del delicto. Cuando los alguaciles venÃan de vuelta a ejecutar la dicha repentina sentencia, acababa de volver el azotado en su asno a la puerta de la cárcel, con el acompañamiento de muchachos que los tales suelen; y, al punto que le vio, uno de los alguaciles dijo, a vista de Sancho, al verdugo: