Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Don Álvaro Tarfe luego conoció a Sancho Panza y sospechó todo lo que podía ser; y así, maravillado de verle, le dijo:

—¡Oh, Sancho! ¿Qué es esto? ¿Que vuestro señor es para quien se apareja todo este carruaje? Pero de su locura y vana fantasía, y de vuestra necedad, todo se puede presumir; pero no lo acabo de creer, aunque me lo afirmáis con los estremos con que me lo habéis representado.

—Él es, señor, ¡pecador de mí! —dijo Sancho—. Entre vuesa merced allá y hágale una visita de mi parte, diciendo que le beso las manos y que le advierto que, si le han de sacar en aquel asnillo que metieron ahora, que de ninguna manera suba en él, porque yo le tengo aparejado aquí el rucio, en que podrá ir como un patriarca; el cual, como ya sabe, anda llano, de tal manera, que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacía, sin que se le derrame gota.

Don Álvaro Tarfe, riéndose de lo que el simple de Sancho le había dicho, le mandó que no se fuese de allí hasta que él volviese a salir; y, hablando con dos caballeros de aquéllos, se entró con ellos en la cárcel, donde hallaron al buen hidalgo don Quijote, que le estaban desherrando para sacarle a la vergüenza. Al cual, como vio don Álvaro tan malparado, llena de sangre la cara y manos y con unas esposas en ellas, le dijo:


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