Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —A fe —dijo Sancho— que era santo de chapa. Yo le quiero tomar por devoto de aquà adelante, por si me viere en algún trabajo, como aquel de los batanes de marras o manta de la venta, y me ayude, ya que vuesa merced no pudo saltar las bardas del corral. Pero ¿sabe, señor Quijada, que me acuerdo que el domingo pasado llevó el hijo de Pedro Alonso, el que anda a la escuela, un libro debajo de un árbol, junto al molino, y nos estuvo leyendo más de dos horas en él? El libro es lindo a las mil maravillas y mucho mayor que ese Flas sanctorum, tras que tiene al principio un hombre armado en su caballo con una espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él le corta la cabeza. ¡Éste sÃ, cuerpo non de Dios, ques buen libro!
—¿Cómo se llama? —dijo don Quijote—; que si yo no me engaño, el muchacho de Pedro Alonso creo que me le hurtó ahora un año, y se ha de llamar Don Florisbián de Candaria, un caballero valerosÃsimo, de quien trata, y de otros valerosos, como son Almiral de Zuazia, PalmerÃn del Pomo, Blastrodas de la Torre y el gigante Maleorte de Bradanca, con las dos famosas encantadoras Zuldasa y Dalfadea.
—A fe que tiene razón —dijo Sancho—; que esas dos llevaron a un caballero al castillo de no sé cómo se llama.