Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Por vida del soguero que hizo el lazo con que se ahorcó Judas, que no lo entiende vuesa merced con todos sus libros que ha leído y latines o ledanías que ha estudiado. Baje acá abajo, y verá la cocina llena de asadores, con dos o tres ollas como medias tinajillas de las que usamos en el Toboso, tanto pastel en bote, pelota de carne y empanadas, que parece toda ella un paraíso terrenal. Y aun a fe que si me pidiese un poco de saliva en ayunas, que no se la podría dar, que tengo en el cuerpo tres de malvasía, que llaman en esta tierra, y a fe con razón, porque está mal la taza cuando está vacía della, y es mejor que el de Yepes, que vuesa merced tan bien conoce. Y este señor, porque el beber no me hiciese mal, me dio un panecillo blanco de casi dos libras y media; dos pescuezos el cocinero cojo, que no sé si eran de avestruces; y sí serían, porque yo me comía las manos tras ellos; con todo lo cual en un instante hice la cama a la bebida y refocilé el estómago. Éstas me parecen a mí, señor, que son las verdaderas aventuras, pues las topo yo en la cocina, dispensa y boticaría, o como la llaman, muy a mi gusto. Y le perdonaría a vuesa merced el salario que me da cada mes, si nos quedásemos aquí sin andar buscando meloneros que nos santigüen el espinazo. Y créame vuesa merced que esto es lo más acertado; que allí está el cocinero cojo que me adora, y todas las veces que entro a velle, que no son pocas, me hinche un gran plato de carne friática, que en her así, me la espeto como quien se sorbe un huevo; y él no hace sino reír de ver la gracia y liberalidad con que como, que es para dar mil gracias a Dios. Ello es verdad, que anoche uno destos señores pajes o pájaros, o qué son, me dijo que sorbiese una escudilla de caldo que traía en la mano, porque me daría la vida después de Dios; y yo, no cayendo en la bellaquería, la agarré con ambas manos, y por hella servicio, di tres o cuatro sorbiscones, que no debiera, porque el grandísimo… (y téngaselo por dicho) del paje, había puesto la escudilla sobre las brasas, de manera que me iba zorriando por el estómago abajo y me hizo saltar de los ojos otro tanto caldo como el que sorbí. Y el cocinero y él, y este señorete se reían que se desquijaraban. Mas a fe que no me burlen otra vez de aquella manera, porque, como quedé escarmentado denantes, me dio el cocinero una gentil rebanada de melón, y la tenté muy bien primero poco a poco por ver si estaba abrasando.


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