Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Estando en esto, sintieron que venía a comer don Álvaro con cinco o seis caballeros principales, de los que habían de salir a la sortija, a los cuales había convidado para dar orden en las libreas que cada uno había de sacar en ella, y para que gustasen de don Quijote como de única pieza. Y así, se subieron derechos a su aposento, y, hallándole medio vestido y con la figura que queda dicho, rieron mucho; pero riñóle don Álvaro porque se había levantado contra su orden, y mandóle se volviese a acostar luego, porque no comerían de otra suerte. Hízolo a puras porfías, tras lo cual se puso la mesa y trajo la comida, llamándole siempre todos ellos «soberano príncipe» a don Quijote. Pasaron en el discurso dello graciosos cuentos, haciéndole todos estrañas preguntas de sus aventuras, a las cuales respondía él con mucha gravedad y reposo, olvidándose muchas veces de comer por contar lo que pensaba hacer en Constantinopla y Trapisonda, ya con tal infanta y ya con tal gigante, diciendo unos nombres tan estraordinarios, que con cada uno dellos daban mil arqueadas de risa los convidados. Y si no fuera por don Álvaro, que volvía siempre por don Quijote, abonando sus cosas con discreto artificio y disimulación, algunas veces se enojara muy de veras. Con todo, les decía que no era de valientes caballeros reírse sin propósito de las cosas que cada día suceden a los caballeros andantes, cual él era; y don Álvaro les dijo:


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