Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —¡Ahora, sus! —dijo don Álvaro—, que con licencia de vuesas mercedes tengo de dar mi parecer, y ha de ser singular, como lo es el señor don Quijote. Y así, me parece que su merced no saque librea alguna, antes, como verdadero caballero andante, es bien salga en la plaza armado de todas piezas y armas; y, por que sean proprias las que sacare, le hago donación de las que trae, que son las famosas de Milán que en el Argamesilla le dejé en guarda, pues sólo están honradas en su poder, como en el mío ociosas; y, porque están algo deslustradas del polvo del camino y de la sangre que ha derramado de diversos gigantes en diferentes batallas, daré orden se le limpien y acicalen para que salga más lucido. Por empresa, bástale la que trae en el cuerpo de su adarga; que, pues nadie la ha visto en Zaragoza y desde Ariza, donde la pintó, hasta aquí la ha traído cubierta de un cendal todo el camino por que no se le deslustrase, nueva será y bien mirada, sirviéndole de arma el lanzón proprio, que llevará con ella, su gallardo talle y la ligereza del famoso Rocinante, señas bastantes para que por ellas entiendan todos que su merced es el ilustre caballero andante que el otro día volvió públicamente por la honra de aquel honrado azotado, y quien ha hecho las aventuras del melonero, con las demás que muchos ignoran.