Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Dijeron todos que era muy acertado lo que el señor don Álvaro había pensado, y a don Quijote le pareció de perlas; y así dijo:

—Lo que el señor don Álvaro ha dicho es verdaderamente lo que importa, porque suele suceder, en semejantes fiestas, venir algún famoso gigante o descomunal jayán, rey de alguna isla estranjera, y hacer algunos descomedidos desafíos contra la honra del rey o príncipes de la ciudad; y, para abatir semejante soberbia, es bien que yo esté armado de todas piezas y armas. Y beso al señor don Álvaro mil veces las manos, por la liberalidad con que me hace merced de las que venía a restituille en esta ocasión y tierra; pero yo aseguro que con ellas haga que el traidor alevoso de cierto gigantazo, que va haciendo grandes desaguisados por el mundo, no se alabe que en este famoso reino de Aragón no hay quien se atreva a hacer singular batalla con él.

Y, saltando en un brinco de la cama, con una repentina y no pensada furia, se salió del aposento y cama a la sala, con su camisa corta como estaba, y metió mano a la espada, que tenía en el mismo aposento. Comenzó a decir a voces, sin que los circunstantes tuviesen tiempo de reconocerse ni detenerle:

—Pero aquí estoy yo, ¡oh, soberbio gigante!, contra quien no valen arrogantes palabras ni valerosas obras.


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