Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Y, dando seis o siete cuchilladas en los tapices que estaban colgados por las paredes, decía:
—¡Oh, pobre rey, si lo eres; llegado es el tiempo en que Dios está ya cansado de tus malas obras!
Los caballeros y don Álvaro, que semejante acidente vieron, se levantaron y retiraron todos a una parte, pensando que don Quijote daría también tras ellos y los tendría por jayanes de allá de aliende la ínsula Maleandrítica. Con todo, don Álvaro le asió del brazo, con notable pasión de reír, él y los demás, de ver la infernal visión del manchego, diciendo:
—¡Ea!, flor de la caballería de la Mancha, meta vuesa merced la espada en la vaina y vuélvase acostar, que el gigante ha huido por la escalera abajo, y no ha osado aguardar los filos de su cortadora espada.
—Así lo creo yo —dijo don Quijote—, que éstos y otros semejantes más temen de voces y palabras, a veces, que de obras. Yo, por amor de vuesa merced, no le he querido seguir, pero viva, que para mayor mal suyo será. Pero yo fío que él se guarde de encontrar otra vez conmigo.