Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Con esto, tomó el juez que hablaba con don Quijote su pergamino y adarga, y, enseñándolo todo a los otros dos jueces y demás caballeros que los acompañaban, después de haberlo mirado y bien reído, se lo volvió todo.
Pasó adelante don Quijote, tomadas sus prendas, pomponeándose y mirando muy hueco a todas partes; y, llegando al cabo de la calle donde los demás que habían de jugar la sortija estaban parados, comenzaron a sonar las chirimías y trompetas en señal de que los primeros caballeros querían ya empezar a correrla.
Habían ordenado los jueces que, después de haber corrido todos la sortija, se darían cada vez cuatro joyas a los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho. Así, desta vez se las dieron a cuatro, aunque sólo el uno dellos se llevó el anillo en la lanza, que fue don Álvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros; el cual, por orden de los jueces, dijo a don Quijote que no corriese hasta la postre, porque así convenía.
Llevaron aquellos caballeros los precios que habían ganado cada uno a su dama; y don Álvaro, que tenía el sujeto de sus pasiones en Granada, dio el suyo, que era unos guantes de ámbar ricamente bordados, a una doncella harto hermosa, hermana de un titular de aquel reino, la cual le recibió con muestras de gran cortesía y agradecimiento.