Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Corrieron segunda vez, y fueles dado el premio a otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el anillo, y éstos, como los primeros, les presentaron a sus damas; de suerte que muy pocos o ningún caballero hubo que no presentase joyas a la dama que mejor le parecía.

Pues, como ya se hiciese tarde, y don Quijote diese prisa a don Álvaro que le dejase correr su lanza, si no, que, a pesar de cuantos jueces había en la Europa, correría, advertida su locura de los jueces, hicieron señas a don Álvaro para que le dejase correr dos carreras. Y así, tomándole él por la mano, le puso en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las trompetas, al son de las cuales partió nuestro caballero, sólo con su adarga en el brazo izquierdo, espoleando muy aprisa a Rocinante, que con toda la que él le daba, corría poco más de a medio galope. Pero fue tan desgraciado que, llegando a la sortija, echó el lanzón cosa de dos palmos más arriba della por encima de la cuerda; y, acabando la carrera, bajó muy aprisa la lanza, mirando con mucha atención si llevaba en ella el anillo. Lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo que, como él no la halló en ella, comenzó con gran cólera a volver el caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Álvaro, que le dijo con disimulación:


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