Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Ya yo me maravillaba, señor don Álvaro, de que dos veces la hubiese errado. Pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala Pascua le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera.
—Todo se ha hecho muy bien —dijo don Álvaro—, y así, vamos a los jueces, y pídales vuesa merced la justicia que tiene.
Iba el buen hidalgo tan ancho y vanaglorioso, que no cabía en toda la calle; y, puesto delante los jueces, dijo, levantando la lanza con la sortija puesta en ella:
—Miren vuesas señorías lo que pide esta lanza y el anillo que della cuelga, y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se me debe.
El juez que al entrar de la plaza había hablado con él, había hecho traer a un paje dos docenas de agujetas grandes de cuero que valdrían hasta medio real, y tomándolas en la mano, llamando primero a todos los caballeros para que oyesen lo que decía a don Quijote, se las ató en el lanzón, diciéndole en voz alta: