Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Las dos mujeres, que semejantes razones oyeron decir a aquel hombre armado, y veían que todo el mundo se estaba riendo de verle presentar las agujetas de cuero a una vieja tal cual la que las acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riéndose, le dieron con la ventana en los ojos, cerrándola y entrándose dentro sin hablarle palabra.

Quedó algo corrido don Quijote del suceso; pero Sancho Panza, que desde el principio de las justas había estado con dos mozas de cocina a ver la sortija y los premios que su amo había de ganar, como vio que daba las agujetas a aquella vieja, y no las había querido recebir, antes le había cerrado la ventana, levantó la voz, diciendo:

—¡Cuerpo de quien la parió a la muy puta vieja del tiempo de Mari Castaña, mujer del gran judío y más puto viejo de los dos de Santa Susana! ¿Así ha de cerrar la ventana a uno de los mejores caballeros de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y mal provecho la hagan si buena no a de ser? Pero ¿qué ha de ser quien, como mi señor dice, se llama Urganda? Y, siéndolo, mal puede merecer tales agujetas, que, según ellas son de grandes y buenas, sin duda deben de ser de perro. Pues a fe que si agarro un medio ladrillo, que yo las haga a todas que abran, aunque les pese.

Y, volviéndose a don Quijote, le dijo:


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