Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Échelas acá vuesa merced, pues no las quieren ni merecen, que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester una como el pan de la boca para mis zaragüelles que ya tengo ésta de delante llena de ñudos. Muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios!, pues servirán para esta mejor ocasión.

Don Quijote abajó la lanza, diciendo:

—Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y mételas en nuestra maleta hasta su tiempo.

Sancho las tomó, diciendo:

—¡Miren, cuerpo de Barrabás, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedís, aunque no los valgan; que, por el menorete, son de liebre o trucha, o no sé de qué diablos.

Llegáronse diez o doce personas a ver las joyas de las agujetas que aquel labrador tenía en la mano; y fue el caso que, entre aquella gente que se juntó, llegó un mozo de harta poca ropa, no menos ligero de pies que sutil de manos, el cual, con suma presteza, asió de dichas agujetas y, tomando las armas del conejo, en cuatro brincos se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vio don Quijote; que, a verlo, la mayor tajada del mozo fuera la oreja. Pero el bueno de Sancho Panza, que estaba seguro, a su parecer, de caso tan repentino, comenzó a dar voces, diciendo:


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