Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha En esto, se puso la celada, peto y espaldar, y, tomando la adarga y lanzón, iba mirando por todas partes. Salió luego a la sala, en la cual vio claridad que salÃa por la puerta de un aposentillo, que, por amanecer ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de la clara aurora por ella. Entróse, ciego de rabia, en el dicho aposento, y quiso la desgracia que era el en que dormÃa el triste Sancho, y, como se habÃa acostado cansado y tarde, habÃase dormido medio cubierta la cabeza, junto a la cual se habÃa dejado el grande guante que le habÃa él mesmo encomendado y era el gaje del desafÃo que el rey de Chipre, Tajayunque, habÃa hecho con él la noche antes.
Antojósele a don Quijote, en viendo el guante, que era el compañero del que él habÃa dado en guarda a Sancho, y que el que dormÃa era el mismo gigante, que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se habÃa echado a reposar hasta hallar ocasión de poder ejecutar lo que pensaba a su salvo, con muerte del mismo don Quijote. Con esta quimera, pues, le dio luego con el lanzón un terrible porrazo en las costillas, diciendo:
—Asà pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. ¡Muere, vil Tajayunque, pues lo merece hacer quien, teniendo tales enemigos como tú en mà tienes, duerme descuidado!