Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Despertó Sancho a las voces y golpe, medio aturdido; y, apenas se sentó en la cama para levantarse y ver quién le daba tan buenos dÃas, cuando ya don Quijote, que habÃa arrojado el lanzón, le dio una grande puñada en los hocicos, diciendo:
—¡No hay qué levantarte, traidor, que aquà morirás!
Empezó Sancho a vocear, saltando de la cama lo mejor que pudo, y, saliendo a la sala, decÃa:
—¿Qué hace, señor? ¡Que ni yo he escalado el castillo ni soy sino su escudero Sancho!
—No eres sino Bramidán, traidor —dijo don Quijote—, que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero del que ayer me arrojaste cuando aplazaste el desafÃo.
Estaban los dos en camisa, porque don Quijote, con la imaginación vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidándose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho también salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el dÃa que nació. La sala estaba algo escura, y como con esto y con la cólera no acabase don Quijote de conocer a Sancho, mas porfiaba en que le habÃa de matar, y estaba tan terco en esto cuanto Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vocear y pedir socorro.