Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Capítulo XIIII

De la repentina pendencia que tuvo Sancho Panza con un soldado que, de vuelta de Flandes, iba destrozado a Castilla en compañía de un pobre ermitaño

No pudo Sancho alcanzar a su amo, por mucha diligencia que se dio para hacello, hasta a la salida de la ciudad, donde le halló parado frontero el Aljafería, que, de corrido de la grita de los muchachos que llevaba tras sí, no se atrevió irle aguardando. Pero hízolo en dicho puesto, seguro dellos, con la compañía de un pobre soldado y venerable ermitaño, que iban a Castilla y Dios le deparó, con quienes le halló hablando. Iban ambos a pie, y empezaron a caminar viendo lo hacía don Quijote luego que llegó Sancho; el cual se maravilló de verle platicar con mucha atención con el soldado, preguntándole de dónde venía, coligiéndolo de que oyó decir al soldado venía de servir a Su Majestad en los estados de Flandes, donde le había sucedido cierta desgracia, la cual le forzó a salir del campo sin licencia, y que en los confines de los estados y del reino de Francia le habían desvalijado ciertos fragutes y quitado los papeles y dineros que traía.

—¿Cuántos eran ellos? —dijo don Quijote.

—Cuatro —respondió él—, y con bocas de fuego.

Salió Sancho, oyendo la respuesta, diciendo:


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