Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Teneos, mucho en hora mala para vos, y tened respecto siquiera a que estoy yo presente y que este mozo es mi criado.

El soldado, reportándose, dijo:

—Perdone vuesa merced, señor caballero, que no entendí que este labrador era cosa suya.

Ya se había Sancho levantado en esto, y, con un gentil guijarro que había cogido del suelo, comenzó a decir a grandes voces:

—Quítese, mi señor don Quijote, de delante y apártese, dejándome solo con él, que yo le haré, de la primer pedrada, que se acuerde de la grandísima puta que le parió.

El ermitaño se asió dél, y no podía detenerle, según estaba de colérico. Mas ya que reportó su furia un poco, dijo:

—¡Cuerpo de mi sayo, señor don Quijote! ¿Yo no le dejo a vuesa merced en sus aventuras, sin hacerle ningún estorbo? Pues, ¿por qué, siendo así, no me deja a mí también con las que Dios me depara? ¿Cómo quiere que aprenda yo a vencer los gigantes? Y, aunque este pícaro no lo es, bien sabe vuesa merced que en la barba del ruin se enseña el barbero.

El ermitaño le dijo:

—Hermano, no haya más; por caridad, soltad la piedra.


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