Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha »Y, diciendo esto, comenzó a llamar a su mujer y a decir:
»—Señora y bien mÃo, si tú no estás en el cielo, ni yo quiero cielo ni paraÃso, pues donde tú estuvieres estaré yo consoladÃsimo, siendo imposible que la pena del infierno me la dé estando contigo; porque donde tú estás no puede estar sino toda mi gloria. ¡Ya voy, señora mÃa, aguarda, aguarda!
»Y, con esto, sin poder ser detenido de nadie, se arrojó también de cabeza en el mismo pozo, haciéndosela mil pedazos y cayendo su desventurado cuerpo sobre el de su triste mujer.
»Aquà fue el renovar los llantos cuantos presentes estaban; aquà el levantar las voces al cielo y el hinchirse la casa y calle de gente, maravillados cuantos llegaban a ella de semejante caso. A las nuevas dél, vino luego el gobernador de la ciudad y, informado del desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del pozo, y, con parecer del obispo, los llevaron a un bosque vecino a la ciudad, do fueron quemados y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca dél pasaba.»
—En verdad que merece —dijo Sancho— el señor Bracamonte remojar el gaznate, según se le ha enjugado en contar la vida y muerte, osequias y cabo de año de toda la familia flamenca de aquel mal logrado caballero. Yo reniego de su venganza, y mi ánima con la de san Pedro.