Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha No se le encajaba mal a don Quijote el consejo de Sancho, y ya con él se le comenzaba a levantar la mollera, de suerte que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegón por la ventana y se fuera luego de allÃ, dejándoles en porreta. Pero, diciéndole el soldado Bracamonte que, en acabando de oÃr dónde y cómo quedaba aquella señora, le daba palabra de irle a acompañar en tan santa empresa (pues, no teniendo noticia más clara de sus cosas y sucesos, no le parecÃa acertado hacer la jornada, porque podrÃa ser que cuando ellos llegasen a Badajoz, ya ella estuviese en otra parte), se sosegó don Quijote y ofreció grata atención a todo, obligándose a hacer la tuviese también su escudero.
Con esto, y con agradecérselo todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió diciendo: