Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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»—No significaban sus razones —añadió el peregrino—, cuando me hablaba, eso; antes, siempre colegí dellas se había ausentado por alguna afición que tenía a no sé qué religiosa, a quien él llamaba doña Luisa; y temí algunas veces no hubiese escándalo por ella en el convento o sacádola dél, según andaba de recelo de cuantos le podían conocer.

»—La mejor seña que nos podíais dar —dijo el padre— de que el que habéis conocido es nuestro hijo es decirnos nombraba él a doña Luisa; porque es una religiosa gravísima deste lugar y priora ha años de tal convento, a quien él visitaba a menudo. Pero habéisle hecho agravio a ella y a su valor en pensar cosa de su persona que desdiga della y de su virtud singular que profesa.

»Cuando don Gregorio oyó el abono que sus padres daban de la priora, en confirmación de lo que toda la ciudad había dado della, y reparó por otra parte en la ternura y sentimiento con que hablaban dél, se demudó de suerte que, dándole un parasismo mortal, quedó como muerto reclinado a la silla. Acudieron de improviso los padres a darle algo confortativo, pensando era desmayo de hambre el que le había tomado; y, quitándole el sombrero que tenía calado y desabrochándole con piedad cristiana, reparando en el rostro la madre que hacía este oficio y le enjugaba el sudor dél, le conoció y levantó los gritos al cielo, diciendo:


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