Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Antes que yo entrase en el Colegio, agora cuatro años, estaba con otros seis estudiantes amigos en la calle de Santa Úrsula, en las casas que se alquilan allí junto a la iglesia mayor del mercado; y me acuerdo que vuesa merced subió a ellas con una olla no muy pequeña llena de mondongo; y un estudiante, que se llamaba López, la cogió en sus brazos sin derramarla y la metió en su aposento, donde él, con todos los amigos, comimos de la olla que vuesa merced se traía bajo sus mugrientas sayas, sin tocar a la del mondongo.

—Por el si lo de mi madre —respondió Bárbara—, que me acuerdo deso como de lo que he hecho hoy. Pues a fe que toda era gente honrada; que, aunque no tuvieron razón e hacer lo que hicieron, siendo yo mujer de mis prendas, todavía tuvieron respeto de no tocarme a la olla. ¡Jesús, Jesús!, ¿que estaba allí? Pues sepa vuesa merced que López es ya licenciado y un grandísimo bellaco enamoradizo; mas, con todo eso, a fe que las veces que yo subía a su aposento, que no me escupía.

—Pues, señora reina mía —dijo Sancho—, si tan buena oficiala es de hacer mondongo, sepa que si mi amo la lleva, como dice, al reino de Chipre, allí tendrá bastantísima ocasión de mostrar su habilidad, porque habrá tripas infinitas de los enemigos que mataremos; de los cuales podrá hacer pasteles, pelotas de carne y ollas podridas, y echarles toda a caparroza que quisiere, pues es lo que da mejor gusto a los guisados.


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