Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Vuesa merced, señor mÃo, ha de saber que, viviendo yo en Alcalá de Henares, en la calle que llaman de los Bodegones, con mi honrado y ordinario trato, quiso la fortuna, que siempre es contraria a los buenos, que viniese allà un mancebo de muy bonita cara y harto discreto, el cual entró dos o tres veces a comer en mi casa. Como le vi al principio tan cortés, prudente y bien hablado, aficionémele, que no debiera, de tal suerte, que no podÃa de noche ni de dÃa sosegar sin verle, hablarle y tenerle a mi lado. Dábale de comer y cenar todos los dÃas como a un prÃncipe, comprábale medias, zapatos, cuellos y aun los libros que me pedÃa, mirándome en él cual en un espejo. En fin, él estuvo en mà casa con esta vida más de un año y medio, sin gastar blanca suya y muchas mÃas. En este tiempo, sucedió que, estando una noche conmigo en la cama, me dijo como estaba determinado de ir a Zaragoza, adonde tenÃa parientes muy ricos; y que me prometÃa, si querÃa ir con él, que, en llegando allá, se casarÃa conmigo, por lo mucho que me amaba; y yo, que soy una bestia, creyendo sus engañosas palabras y falsas promesas, le dije que era contentÃsima de seguirle. Y luego comencé a vender mis alhajas, que eran dos camas de buena ropa, dos pares de vestidos mÃos, una grande arca de cosas de lienzo y, finalmente, todo lo demás que en mi casa tenÃa; de lo cual hice más de ochenta ducados, todo en reales de a ocho. Con ellos y notable gusto, nos salimos juntos una tarde de Alcalá; y, llegados al segundo dÃa a la entrada del bosque de quien ahora acabamos de salir, me dijo nos entrásemos a sestear en él, que se querÃa holgar conmigo. ¡Asà mala holgura le dé Dios en el alma y en el cuerpo! Pero no le quiero maldecir, porque quizá algún dÃa nos toparemos y me pedirá perdón de lo hecho, y, como le quiero tanto, fácilmente le perdonaré. SeguÃle, creyendo en sus razones, que no debiera; y en viéndome sola y en lugar tal y tan secreto, metió mano a una daga, diciéndome que si no sacaba allà todo el dinero que traÃa conmigo, que él me sacarÃa el alma del cuerpo con aquel puñal. Yo, que vi una furia tan repentina en la prenda que más querÃa en el mundo, no supe qué le responder, sino llorando, suplicarle que no hiciese tal alevosÃa; pero comenzóme a apretar tanto, sin hacer caso de mis justas razones y llorosas palabras, que, viendo tardaba en darle los ochenta ducados más de lo que su codicia permitÃa, empezó a decirme a voces, colérico: «Acabe de darme presto el dinero la muy puta, vieja, bruja, hechicera».