Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Sancho, que estaba escuchando con mucha atención a Bárbara, cuando le oyó referir tantos y tan honrados epítetos, le dijo:

—Y dígame, señora reina, ¿era acaso verdadero todo este calendario que le dijo el estudiante? Porque de sus hechos colijo que era tan hombre de bien, que por todo el mundo no diría una cosa por otra, sino la verdad pura.

—¡Cómo verdad! —replicó ella—. A lo menos, en lo que dijo de bruja, mintió como bellaco; que si una vez me pusieron a la puerta mayor de la iglesia de San Juste en una escalera, fue por testimonio que unas vecinas mías, envidiosas, por no más que sospechas, me levantaron. ¡Así levantadas tengan las alas del corazón, pues por ello me hicieron echar en la trena, donde gasté lo que Dios sabe! Pero vaya en hora buena, con su pan se lo coman; que a fe que me vengué, a lo menos de la una dellas, muy a mi salvo, pues a un perro que ella tenía en casa y con quien se entretenía, le di zarazas en venganza del dicho agravio.

Riéronse todos del dicho de Bárbara, y Sancho la replicó, diciendo:



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