Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Soberanos príncipes, yo me parto mañana para la Corte; si por algún tiempo, como suele suceder, algún caballero tártaro o rey tirano viniere a quereros perturbar la paz, cercando con su fuerte ejército esta vuestra imperial ciudad, y llegare a teneros tan apretados y puestos en tal estremo, que os viérades compelidos por la grandísima hambre y falta de bastimentos en el duro cerco a comer los hombres los caballos, jumentos, perros y ratones, y las mujeres sus amados hijos, enviadme a llamar donde quiera que estuviera; que os juro y prometo por el orden de caballería que recebí, de venir solo y armado como veis, y entrar por el campo del pagano de noche, haciendo, en dos o tres dellas, en él una espantosísima riza, pasando en la última dellas, a fuerza de mi brazo, por medio de todo el ejército del contrario y entrando, a pesar de sus centinelas, escaramuzas y armas, en la ciudad, de la cual luego saldréis todos con mucha alegría, al son de una suave música, a recebirme, acompañados de muchas hachas y estando las ventanas llenas de luminarias y de asombrados serafines de mi valor, más hermosos todos que las tres bellas damas que vio desnudas el venturoso Paris en el monte Ida, siendo imposible contener sus regaladas voces y dejar de decirme: «¡Bien venga el valentísimo caballero!». Y, porque no sé si será entonces mi apellido del Sol, o de los Fuegos, o de la Ardiente Espada, o del Escudo Encantado, no asiguro el que me darán; pero sin duda sé que al que me dieren añadirán: «Bien venga el deseado de las damas, el Febo de la discreción, el norte de los galanes, el azote de nuestros enemigos, el libertador de nuestra patria y, finalmente, la fortaleza de nuestros muros». Tras lo cual me llevará el rey a su real casa, do, regalándome él y sirviéndome sus grandes y, sobre todo, recuestándome importunamente su hija, única en sucesión y más en beldad y prudencia, dando ejemplo al mundo y a los caballeros andantes que en él me sucedieren de continencia, cortesía y fuerzas, emplearé las mías en atropellar los nuptiales deleites que toda la Corte y la misma infanta me ofrecerán, obligado de algún benévolo planeta que para mayores y más grandiosas empresas me llamará, en gloria de los dichosos coronistas, y más de mi grande amigo Alquife, uno de los mayores sabios del mundo, que con ellos merecerá en los siglos dorados que están por venir historiar mis invencibles hechos.


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