Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Capítulo XXVII

Donde se prosiguen los sucesos de don Quijote con los representantes

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño género de locura de don Quijote y los disparates que ensartaba; pero Sancho, que había estado escuchando detrás del autor todo lo que su amo había dicho, le dijo:

—Pues, señor Desamorado, ¿cómo va? Acá estamos todos por la gracia de Dios.

—¡Oh, Sancho! —dijo don Quijote—, ¿qué haces? ¿Hate hecho algún mal este nuestro enemigo?

—Ninguno —respondió Sancho—, si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en que quería este señor moro asarme para comerme. Pero hame perdonado por ver me he tornado moro.

—¿Qué dices, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Moro te has tornado? ¿Es posible que tan grande necedad has hecho?

—Pues pesie a las barbas del sacristán del Argamesilla —respondió Sancho—, ¿no fuera peor que me comiera y que después no pudiera ser moro ni cristiano? Calle, que yo me entiendo; escapemos una vez de aquí, que luego después verá lo que pasa.

Entonces el autor, apiadándose de las congojas y trasudores en que vía a don Quijote, cansados ya de reír los estudiantes, Bárbara y toda la compañía, dijo:


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