Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—No pienses, ¡oh sabio contrario mío! que tus locas y vanas palabras y perjudiciales obras han de ser bastantes a hacerme quebrar un punto la que debo guardar como verdadero caballero andante, ni amedrentarme en el debido sufrimiento a los vecinos trabajos y tribulaciones que me amenazan, pues estoy cierto que, por discurso de tiempo, y al cabo, cuando mucho, de sietecientos años, he de quedar libre deste tu cruel encantamiento, en que contra toda ley y razón, por sólo tu gusto, me tienes puesto. Y no desespero, ¡oh inhumano encantador!, de que, antes del dicho plazo, algún príncipe griego novel me saque de aquí, pues uno habrá que saldrá de Constantinopla de noche, sin despedirse de nadie de la Corte y sin que lo sepan sus padres, espoleado de su honor y alentado con un consejo de un grande y sapientísimo mago, amigo suyo; y, después de haber pasado grandísimos trabajos y peligros y haber ganado mucha honra por todos los reinos y provincias del universo, llegará aquí a este fortísimo castillo y, matando los fieros gigantes que por prevención tuya su entrada defiendan, como guardas della y de la puente levadiza que le fortifica, matará también a los dos rapantes grifos inhumanos porteros de su primera puerta. Y, entrando en el primer patio y no sintiendo rumor ni viendo persona que se le oponga, se sentará, de cansado, en el suelo un rato, y luego oirá una furiosa voz que, sin saber quién la pronuncia, le dirá: «Levántate, príncipe griego, que en aciaga hora y para tu daño entraste en este castillo». Y, apenas habrá acabado de decillo, cuando saldrá un ferocísimo dragón echando fuego por la boca y ponzoña por los ojos, con las uñas crecidas más que dagas vizcaínas y con una cola tan aguda y larga como un acicalado montante, con la cual todo cuanto encontrare echará por el suelo. Pero matándole el dicho príncipe, ayudado de su favorable y benévolo sabio con invencibles socorros, se deshará a la postre todo este encantamento. Y, entrando vitorioso otra puerta más adentro, se hallará en un apacible jardín lleno de varias flores, poblado de amenísimos, frutíferos y aromáticos árboles, cuyas copas poblarán cisnes, calandrias, ruiseñores y mil otras diferencias de jucundísimas aves, fertilizando mil arroyos, dificultosas de discernir sus aguas si son de cristal o leche; en medio del cual se le aparecerá una hermosísima ninfa vestida de una rocegante ropa sembrada de carbuncos, diamantes, esmeraldas, rubíes, topacios y amatistes; la cual, dándole con rostro benévolo con la una mano un manojo de llaves de oro, y poniéndole con la otra en la cabeza una guirnalda de agnocasto y amaranto, desaparecerá tras una celestial música. Y luego dicho príncipe, con las llaves de oro, llegará a abrir las mazmorras, dando libertad jucundísima a todos los presos y presas dellas, y a mí el postrero, pidiéndome por merced le arme por mis manos caballero andante y le admita por insuperable compañero. Lo cual concediéndoselo yo todo, obligado de su hermosura, discreción y esfuerzo, iremos por el mundo después innumerables años juntos, dando fin y cima a cuantas aventuras se nos ofrecieren.


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