Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Por cierto, mi señor don Álvaro, que esto es lo menos en que yo pienso servir a vuesa merced, pues espero en Dios vendrá tiempo en que vuesa merced se holgará más de verme a su lado que no en el Argamesilla.
Y prosiguió preguntándole, mientras se volvían a poner en el baúl las armas, qué divisa pensaba sacar en las justas, qué libreas, qué letras o qué motes. A todo lo cual, por complacerle, le respondió don Álvaro, no entendiendo que le pasaba por la imaginación el ir a Zaragoza ni hacer lo que hizo, que adelante se dirá.
En esto, entró Sancho muy colorado, sudándole la cara y diciendo:
—Bien puede, mi señor don Tarfe, sentarse a la mesa, que ya está el almuerzo a punto.
A lo cual respondió don Álvaro:
—¿Tenéis buen apetito de almorzar, Sancho amigo?
—Ése —dijo él—, señor mío, gloria tibi, Domine, nunca me falta, y es de manera que (en salud sea mentado y vaya el diablo para ruin) no me acuerdo en todos los días de mi vida haberme levantado harto de la mesa, si no fue ahora un año, que, siendo mi tío Diego Alonso mayordomo del Rosario, me hizo a mí repartidor del pan y queso de la caridad que da la confadría, y entonces allí hube de aflojar dos agujeros el cinto.