Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Dios os conserve —dijo don Ãlvaro— esa disposición, que sólo della y de vuestra buena condición os tengo envidia.
Almorzó don Ãlvaro y luego llegaron los tres caballeros con su gente y con el cura, porque ya amanecÃa; y, viéndolos don Ãlvaro, se puso al momento las espuelas y subió a caballo, tras lo cual sacó don Quijote del establo a Rocinante ensillado y enfrenado para acompañarles, y dijo, teniéndole por el freno, a don Ãlvaro:
—Ve aquà vuesa merced, señor don Ãlvaro, uno de los mejores caballos que a duras penas se podrÃan hallar en todo el mundo: no hay Bucéfalo, Alfana, Seyano, Babieca ni Pegaso que se le iguale.
—Por cierto —dijo don Ãlvaro, mirándole y sonriéndose—, que ello puede ser como vuesa merced dice, pero no lo muestra en el talle, porque es demasiado de alto y sobrado de largo, fuera de estar muy delgado. Pero debe ser la causa del estar tan flaco el ser de su naturaleza algo astrólogo o filósofo, o la larga esperiencia que tendrá de las cosas del mundo; que no deben haber pasado pocas por él, según los muchos años que descubre tener encubiertos bajo a silla; pero, como quiera que sea, él es digno de alabanza por lo que muestra ser discreto y pacÃfico.