Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —¡Oh, mi buen escudero Sancho! ¿Oyes, por ventura, aquella acordada música de trompetas y atabales? Pues has de saber que es señal de que hay sin duda en esta universidad algunas célebres justas o torneos para alegrar el festivo casamiento de alguna famosa infanta que se habrá casado aquÃ; a las cuales habrá acudido un caballero estranjero, cuyo nombre no es aún conocido, por ser mancebo novel. Pero no obstante su poca edad, en el principio de sus famosas fazañas ha ya vencido a todos los caballeros desta ciudad y a los que de la Corte han acudido a ella y a sus fiestas. Si ya no ha venido a celebrarlas (y esto es lo más cierto) algún bravo jayán que, habiendo vencido y derribado a todos los mantenedores y aventureros, se ha quedado por absoluto señor de todas las joyas de dichas justas, y no hay caballero ahora, por valiente que sea, que se atreva a entrar segunda vez con él en el palenque; de lo cual están los prÃncipes tan pesarosos, que darÃan cuanto dar se puede porque Dios les deparase un tal y tan buen caballero que bajase la soberbia deste cruel pagano, con que dejase alegre toda la tierra y las fiestas fuesen consumadamente perfetas. Por tanto, Sancho mÃo, ensÃllame luego a Rocinante, que quiero ir allá y entrar con gallardÃa y gracia por la plaza, pues, maravillados de mi presencia los que ocupan sus dorados balcones, altos miradores y entoldados andamios, levantarán entre sà un alegre mormullo, diciendo: «¡Ea!, que Dios sin duda ha deparado venga este gallardo caballero estranjero a volver por la honra de los naturales, viendo que ninguno dellos ha podido resistir a los incomportables brÃos deste fiero jayán». Tocarán en esto todas las trompetas, chirimÃas, sacabuches y atabales, al son de los cuales se comenzará mi bueno y esforzado caballo a engreÃr y relinchar, deseoso de entrar en la batalla; con que callarán todos, y yo, poco a poco, me iré llegando al cadahalso adonde están los jueces y caballeros; y, haciendo hincar dos o tres veces de rodillas delante dellos a mi enseñado caballo, les haré una cumplida cortesÃa, haciéndole dar después terribles saltos y gallardos corvetes por la ancha plaza; llegándome luego a la parte donde estará el fiero jayán, el cual, reconocido por mÃ, me acercaré adonde estarán las astas de duro fresno, y, tomando dellas la que mejor me pareciere y llegándome cerca del dicho jayán sin hacerle cortesÃa alguna, le diré: «Caballero, si te parece, yo querrÃa entrar contigo en batalla; pero con condición que fuese ella a todo trance, que es decir que uno de los dos haya de quedar por general vencedor de las justas, quitando al otro la cabeza y presentándola a la dama que mejor le pareciere». Es cierto que, como él es soberbio, ha de responder que sea asÃ. Tras lo cual, volviendo yo luego las riendas a Rocinante para tomar la parte del sol que más me tocare, comenzarán a sonar las trompetas, al son de las cuales arrancaremos como el viento los dos valerosos guerreros. Y él no errará el golpe; porque, dándome en medio de la adarga sin poderla pasar, me hará con la fuerza dél torcer un poco el cuerpo, volando las piezas de la lanza por el aire; pero yo, como más diestro, le daré por medio de la visera con tal fuerza, que, siéndole sacada de la cabeza, caerá del atroz golpe en tierra por las ancas del caballo; si bien, como es ligero, se pondrá luego otra vez en pie y se vendrá para mà con la espada en la mano; y yo, por no hacer la batalla con ventaja, abajaré de mi caballo en el aire, no obstante que muchos lo juzgarán a locura; y metiendo mano a mi cortadora espada, comenzaremos entre los dos el porfiado combate. Mas él, no pudiendo atender a mis golpes, me rogará que descansemos un poco por verse algo fatigado; aunque yo, sin atender a sus ruegos, tomaré la espada a dos manos y, levantándola con un heroico despecho, la dejaré caer con tal furia sobre su desarmada cabeza, que, acertándola de llano, se la abriré hasta los pechos, dando del cruel golpe tan horrenda caÃda en tierra, que hará estremecer toda la ancha plaza y aun venir al suelo más de cuatro barreras y tablados. Los gritos de la gente serán muchos, la alegrÃa de los jueces grande, el contento de todos los vencidos caballeros estremado, el aplauso del vulgo singular e inaudita la música que sonará en exaltación de mi buen suceso. Y desde entonces pasarán cosas por mÃ, que dé bien que hacer a los historiadores venideros en escribirlas y exagerarlas. Por tanto, Sancho, presto sácame a Rocinante.