Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Señor, si vuesa merced es servido, yo no soy la reina Zenobia, como este caballero dice, sino una pobre mujer de Alcalá, que vivo del trabajo de mi honrado oficio de mondonguera; y por mi desgracia, un bellaco de estudiante me sacó o, por mejor decir, sonsacó de mi casa; y, llevándome a la de sus padres con nombre de que se quería casar conmigo, me robó cuanto tenía en un pinar, dejándome atada a un pino en camisa; y, pasando este caballero con cierta gente, me desataron y llevaron a Sigüenza. Y el señor don Quijote, que es el que viene armado (andaba en esto don Quijote enseñando a unos y a otros las pinturas de su adarga, ufano de que tantos le mirasen), a quien falta tanto de juicio cuanto le sobra de piedad, me hizo este vestido y me compró esta mula en que llegase a Alcalá, llamándome por todos los lugares, caminos y ventas la reina Zenobia, y sacándome algunas veces a las plazas para defender, como él dice, mi hermosura, siendo tal por mis pecados como vuesa señoría vee. Y agora, queriéndome quedar en mi tierra, me ha persuadido a que venga a la Corte, donde dice que ha de matar a un hijo del rey de Córdoba y a un gigante que es rey de Chipre, y que a mí me ha de hacer reina de aquel reino. Y yo, por no ser desagradecida a las mercedes que me ha hecho, he venido con él, con intento de volver lo más presto que pudiere a mi tierra. Y mire vuesa señoría si manda otra cosa; que me quiero ir; que parece que estos señores que están presentes se ríen mucho y podrían dar ocasión a don Quijote con su risa a que, como loco, hiciese alguna necedad.


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