Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Todo esto decía él con tanto brío, levantando las cejas, con voz sonora y puesta la mano sobre la guarnición de la espada, que no se había aún quitado desde que había salido a acompañar a don Álvaro, que parecía que ya pasaba por él todo lo que iba diciendo.
—Quiero, pues, Sancho mío —proseguía luego—, que veas ahora unas armas que el sabio Alquife, mi grande amigo, esta noche me ha traído, estando yo trazando la dicha ida de Zaragoza, porque quiere que con ellas entre en las aplazadas justas y lleve el mejor precio que dieren los jueces, con inaudita fama y gloria de mi nombre y de los andantes caballeros antepasados, a quien imito y aun excedo.
Y, abriendo una arca grande, adonde las había metido, las sacó. Cuando Sancho vio las armas nuevas y tan buenas, llenas de trofeos y grabaduras milanesas, acicaladas y limpias, pensó sin duda que eran de plata, y dijo, pasmado:
—Por vida del fundador de la torre de Babilonia que si ellas fueran mías, que las había de hacer todas de reales de a ocho, destos que corren ahora, más redondos que hostias, porque solamente la plata, fuera de las imágines que tienen, vale, al menorete, a quererlas echar en la calle, más de noventa mil millones. ¡Oh, hideputa, traidoras, y cómo relucen!
Y, tomando el morrión en las manos, dijo: