Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Pues el sombrero de plata, ¡es bobo! ¡Por las barbas de Pilatos!, que si tuviera cuatro dedos más de falda, se le podría poner el mesmo rey; y aun juro que el día de la procesión del Rosario se le habemos de poner en la cabeza al señor cura, pues saldrá con él y con la capa de brocado por esas calles hecho un reloj. Mas dígame, señor: estas armas, ¿quién las hizo? ¿Hízolas ese sabio Esquife o naciéronse así del vientre de su madre?

—¡Oh gran necio! —dijo don Quijote—. Éstas se hicieron y forjaron junto al río Leteo, media legua de la barca de Acaronte, por las manos de Vulcano, herrero del infierno.

—¡Oh pestilencia en el herrero! —dijo Sancho—. ¡El diablo podía ir a su fragua a sacar la punta de la reja del arado! Yo apostaré que, como no me conoce, me echase una grande escudilla de aquella pez y trementina que tiene ardiendo sobre estas virginales barbas, tal que fuera harto peor de quitar y aun de sanar que la basura que me echó en ellas Aldonza Lorenzo los otros días.

Tomó en esto las armas don Quijote, diciendo:

—Quiero, amigo Sancho, que veas cómo me están; ayúdamelas a poner.

Y, diciendo y haciendo, se puso la gola, peto y espaldar; y dijo Sancho:


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