Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Pardiez, que aquestas planchas parecen un capote, y si no fueran tan pesadas, eran lindísimas para segar, y más con estos guantes.

Lo cual dijo tomando las manoplas en la mano. Armóse don Quijote de todas piezas, y luego habló con voz entonada a Sancho desta manera:

—¿Qué te parece, Sancho? ¿Estánme bien? ¿No te admiras de mi gallardía y brava postura?

Esto decía paseándose por el aposento, haciendo piernas y continentes, pisando de carcaño y levantando más la voz y haciéndola más gruesa, grave y reposada; tras lo cual le vino luego, súbitamente, un accidente tal en la fantasía, que, metiendo con mucha presteza mano a la espada, se fue acercando con notable cólera a Sancho, diciendo:

—¡Espera, dragón maldito, sierpe de Libia, basilisco infernal! ¡Verás, por esperiencia, el valor de don Quijote, segundo san Jorge en fortaleza! ¡Verás, digo, si de un golpe solo puedo partir, no solamente a ti, sino a los diez más fieros gigantes que la nación gigantea jamás prudujo!

Sancho, que le vio venir para sí tan desaforado, comenzó a correr por el aposento, y, metiéndose detrás de la cama, andaba al derredor della, huyendo de la furia de su amo, el cual decía, dando muchas cuchilladas a tuertas y derechas por el aposento, cortando muchas veces las cortinas, mantas y almohadas de la cama:


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