Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Señora reina Zenobia —dijo don Quijote—, yo sé claramente que el caballero que iba en la carroza es el prÃncipe Perianeo de Persia, y el que llama alguacil es un escudero honrado suyo; por tanto, pierda vuesa merced el miedo y estése conmigo, por me hacer placer, siquiera seis dÃas, en esta Corte; que después yo proprio la volveré a su tierra con más honra que piensa.
—Par Dios, señor don Quijote —dijo Sancho, estando en estas razones—, que aquel que iba en la carroza, que nosotros llamamos pagano, oà decir a no sé cuántos que era un no sé quien sà sé quien, hombre bonÃsimo y cristiano. Y a fe que me lo parece, lo uno por su caridad, pues nos ha convidado a cenar y a comer con tanta liberalidad; lo otro, porque, si él fuera pagano, claro está que estuviera vestido como moro, de colorado, verde o amarillo, con su alfanje y turbante; pero él está, cual Dios le hizo y su madre le parió y vuesa merced ha visto, todo vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban de la misma suerte; y más, que ninguno hablaba en lengua paganuna, sino en romance, como nosotros.
Porfió a esto don Quijote con cólera, diciendo:
—Pues, aunque tú y la reina digáis lo que quisiéredes, él es, sin falta ninguna, el que ya tengo dicho.
Entonces Bárbara llamó al paje que estaba a la puerta y le dijo: