Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —La mÃa, señores ilustrÃsimos, es la que tengo dicha en el Prado, breve y llena de altos y bajos, como tierra de Galicia: Bárbara de Villatobos me llamo, nombre heredero de una agüela que me crió, buen siglo haya, en Guadalajara; vieja soy, moza me vi y, siéndolo, tuve los encuentros que otras, no faltándome quien me rogase y alabase, ni a mà me faltaron los ordinarios desvanecimientos de las demás mujeres, creyendo aún más de lo que me decÃa de mi talle y gracia el poeta que me la celebraba, pues lo era el bellacón que a cargo tiene mi pudicicia. Entreguésela y entreguémele amándole, y mintiendo a las personas que me pedÃan de derecho cuenta de mis pasos. Supiéronse presto en Guadalajara los en que andaba; que no hay cosa más parlera que una mujer, perdido el recato, pues en lengua, manos, pies, ojos, meneos, traje y galas trae escrita su propria deshonra. Sintió mi agüela la mÃa a par de muerte, y murió presto del sentimiento; túvele yo grande por ello, y más porque mi Escarramán me habÃa ya dejado. Hube de heredarla; vendà los muebles y hice todo el dinero que pude dellos, con que me bajé a Alcalá, do he vivido más e veinte y seis años, ocupada en servir a todo el mundo, y más a gente de capa negra y hábito largo; que en efeto soy naturalmente inclinada a cosa de letras; si bien las mÃas no se estienden a más que a hacer y deshacer bien una cama, a aderezar bien un menudo, por grande que sea y, sobre todo, a dar su punto a una olla podrida y avahar de pópulo bárbaro una escudilla de repollo, sopas y caldo. Lo demás de la desgracia última que me sacó de aquella vita bona ya se lo tengo dicho a vuesa señorÃa en el Prado, y le he dado cuenta de cómo creà al socarrón del aragonés, que me dio a entender se casarÃa conmigo si, vendidos mis muebles, le seguÃa hasta su tierra. Mejor le siga la desgracia que él cumplió lo prometido; yo sà que fui tonta, y asà es bien que quien tal hace que tal pague. Metióme en una pinar y hurtóme cuanto llevaba, dejándome aporreada y maniatada en camisa. Pasó por allà este locazo mentecato de manchego con el tonto de Sancho Panza y otros que iban con ellos; y, sintiendo mis lamentos, me desataron y ampararon, trayéndome consigo hasta Sigüenza, do me vistió don Quijote de la ropa que traigo, con que me veo obligada a acompañarle hasta que se canse de llamarme reina Zenobia y de sufrir él y su escudero los porrazos e injurias que los he visto sufrir en Sigüenza y en la venta vecina de Alcalá, do el autor de tal compañÃa de comediantes les apuró de suerte que por poco acabaran con sus desventuradas aventuras.