Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Digo, pues —prosiguió Sancho—, que, tornando a mi cuento, señor rey de Hemisferio, yo no he hasta agora muerto ni dispilfarrado aquellos gigantones que mi amo dice; antes huyo dellos como de la maldición, porque el que vi en Zaragoza en casa del señor don Carlos era tal, que ¡mal año para la torre de Babilonia que se le igualase! Y así, no quiero nada con él; allá se las haya con mi señor. Con quien quiero probar mis uñas es con el escudero negro que trae, que negra Pascua le dé Dios; que, en fin, es mi mortal enemigo, y no tengo de parar hasta que me lave las manos con su negra sangre en esta sala, en presencia de todos vuesas mercedes; que, haciéndolo, confío que Vuesa Altura me hará caballero; si bien es verdad que, puesto en mi rucio, tanto me lo soy como cualquiera. Sólo advierto que en la pelea no me han de faltar del lado mi amo, el señor don Carlos y don Álvaro, por lo que pudiere ofrecerse; tras que no hemos de reñir con palos ni espadas, pues con ellas nos podríamos hacer algún daño sin querer, teniendo qué curar después; sino que ha de ser a finos mojicones o cachetes, y que se pudiere aprovechar de alguna coz o bocado, San Pedro se lo bendiga. Bien es verdad que aun en esto tendrá no poca ventaja el bellaco del negro, porque ha más de dos años y medio que no he andado a mojicones con nadie, y esto, si no lo usan, se olvida fácilmente como el avemaría; pero el remedio está en la mano del señor don Álvaro. ¿A quién digo? ¿Lléguese acá, pesie a mi sayo?