Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—¿Saben, señores, lo que me parece? Que a fe mía que sería harto mejor y más acertado volverme yo a mi casa y quitarme de aquestos cuentos, pues ha que salí della cerca de seis meses, andándome hecho un haragán tras de mi señor don Quijote por unos tristes nueve reales de salario cada mes; si bien hasta agora no me ha dado blanca: lo uno porque dice dará el rucio en cuenta y lo otro porque harto me pagará, pues me ha de dar la gobernación de la primera ínsula o península, reino o provincia que ganare. Pero, pues a él le llevan vuesas mercedes como ha dicho don Carlos, a ser nuncio de Toledo y yo no puedo ser de Iglesia, desde agora renuncio todos los derechos y pertinencias que en cuanto conquistare me pueden pertenecer por herencia o tema de juicio, y me determino volver a mi tierra agora que viene la sementera, en que puedo ganar en mi lugar cada día dos reales y medio y comida, sin andarme a caza de gangas. Por tanto, burlas aparte, vuesa merced, señor Arcapámpanos, me mande volver luego mis zaragüelles pardos y tome allá estos suyos de las Indias (¡quemados ellos sean!), y denme juntamente mi sayo y la otra caperuza, y adiós, que me mudo; que yo sé que mi Mari Gutiérrez y todos los de mi lugar me estarán aguardando; que me quieren como la lumbre de sus ojos. ¿Quién me mete a mí con pajes, que no me dejan en todo el día, sin otros demonios de caballeros, que no hacen sino molerme con Sancho acá, Sancho acullá? Y, aunque aquí se come lindamente, si no siempre con la boca, a lo menos siempre con los ojos, todavía lo que son salarios se paga muy mal; y muchas veces veo que se fingen culpas en los criados para negárseles o quitarles la ración o despedilles mal pagados. Y cuando no suceda en salud, es cierto que en enfermedad no hay señor que mande ni mayordomo que ejecute obra de caridad con los pobres criados. En fin, bien dicen los pícaros de la cocina que la vida de palacio es vida bestial, do se vive de esperanzas y se muere en algún hospital. Ello es hecho, señor don Carlos; no hay que replicar, que mañana, en resolución, pienso tomar las de Villadiego. Verdad es que si el señor Arcapámpanos me asegurase un ducado cada mes y dos o tres pares de zapatos por un año, con cédula de que no me lo había de poner después en pleito, y vuesa merced saliese por fianza dello, sin duda ternía mozo en mí para muchos días. Por eso, si lo determina hacer, no hay sino efetuarlo y encomendarme su par de mulas y decirme cada noche lo que tengo de hacer a la mañana, y adónde tengo de ir a arar o a dar tal vuelta a tal o tal restrojo; y de lo demás déjeme el cargo a mí, que no se descontentará de mi labor. Verdad es que tengo dos faltas: la una es que soy un poco comedor y la otra que para despertarme a las mañanas, algunas veces es menester que el amo se llegue a la cama y me dé con algún zapato, que con eso despierto luego como un gamo, y, echado de comer a mi vientre y a las mulas, voy a la fragua a sacar la reja, alzo los fuelles mientras el herrero la machaca, vuélvome a casa una hora antes que amanezca, cantando por el camino siete o ocho siguidillas que sé lindísimas, do por refrigerar el aliento pongo a asar cuatro cabezas de ajos, tomándolas con dos o tres veces de la bota que tengo de llevar a la labranza; y a la que alborea, subo, hecha esta prevención, en la mula castaña, que está más gorda…


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