Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—No tenga vuesa merced miedo —respondió Sancho—; que yo le hablaré claro antes que vaya a Toledo, y le volveré su rucio, la maleta y juntamente el desaforado guante del gigante Bramidán, que puse guardado en ella la noche que él se le arrojó desafiándole en casa del señor don Carlos, para que le vuelva a la infanta Burlerina o le dé en presente al arzobispo cuando entre por nuncio en Toledo. Que yo no quiero nada de nadie; y más, que le diré se vaya con Dios, pues desde aquí al día del juicio reniego de las peleas, sin querer más cosa con ellas, pues tan pelado y apaleado salgo de sus uñas cual saben mis pobres espaldas. Y libré tan mal, habrá dos meses en una venta, que por poco me hicieran volver moro unos comediantes, y aun me circuncidaran si no les rogara con vivas lágrimas no tocasen en aquellos arrabales, pues sería tocar a las niñas de los ojos de Mari Gutiérrez; y después me costó muy gentiles golpes la defensa de un ataharre que mi amo llamaba preciosa liga. Y, aunque él me quiere tanto que entiendo me dará lo que me tiene prometido, que es la gobernación de algún reino, provincia, ínsula o península, todavía diré mañana cómo no puedo ir allá con él, por estar ya concertado con vuesa merced, y que lo que podrá hacer será enviármela, que tan hombre seré para gobernalla acá como allá. ¿Pero sabe vuesa merced qué me parece? Que, pues para de aquí el Argamesilla no se hallará mensajero cierto, será acertado que yo, que sé el camino, lleve la carta, pues le aseguro que no haré más de darla fielmente en manos de mi mujer y volverme luego.


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