Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Pues para eso, Sancho —dijo el Archipámpano—, ¿qué era menester escribirla, si vos habíais de ir allá en persona? No cuidéis della; que yo buscaré quien la lleve con brevedad y traiga luego respuesta, aunque dudo sea ella tan elegante como vuestra carta, en que mostráis haber estudiado en Salamanca toda la sciencia escribal que allí se profesa, según la habéis enriquecido de sentencias.

—No he estudiado —respondió Sancho— en Salmalanca; pero tengo un tío en el Toboso que hogaño es ya segunda vez mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como el barbero, como dice el cura; y, como yo he ido muchas veces a su casa, todavía me he aprovechado algo de su buena habilidad; porque, como dicen, ¿quién es tu enemigo?: el de tu oficio; en la arca abierta siempre, el malo peca; y, finalmente, quien hurta al ladrón harto digno es de perdón. Y así, dél sé escribir cartas; y si le he hurtado algo de lo que él sabe desto, como se ve en ese papel, no importa, que bien me lo debía, pues día y medio anduve a segar con él, y lleve el diablo otra blanca me dio sino un real de a cuatro; y a mi mujer, que fue a escardar doce días en su heredad el mes de marzo, no le dio sino un real amarillo que no sabemos cuánto vale; por eso, estoy yo mejor con los cuartos y ochavos, que son moneda que corre y los han de tomar hasta el mismo rey y papa, aunque les pese.


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