Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—¿Cómo docientos ducados? Por los huesos de mis padres, y aun de mis agüelos, los puedo yo dar como dar agora una testarada en el cielo. ¡Mírese la muy zurrada hija de otra! ¿No es ella la que denantes me dijo en la caballeriza que si quería dormir con ella, que, como le diese ocho cuartos, estaba allí para herme toda merced? Pues a fe que si la agarro por los cabellos, que ha de saltar de un brinco las escaleras.

Como la pobre gallega vio tan enojado a Sancho, le dijo:

—Hermano, vuestro señor ha mandado que me deis dos reales; que ni pido ni quiero los docientos ducados, que bien veo que este señor lo dice por hacer burla de mí.

Estaba en esto don Quijote maravillado de ver lo que Sancho decía, y así le dijo:

—Haz, Sancho, luego lo que te digo. Dale luego los docientos ducados, y si más te pidiere, dale más, que mañana iremos con ella hasta su tierra, donde seremos cumplidamente pagados.

—Ahora sus —dijo Sancho—, baje acá abajo, señora. ¡Así señora seáis de mala perra que os parió!

Y, agarrando de la maleta, bajó la moza delante dél, y diole cuatro cuartos, diciendo:


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