El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Eso no os haga fuerza, señor –le dije–, porque en mi tierra la ciencia menos protegida es la medicina. Hay colegios donde se dan lecciones del idioma latino, de filosofía, teología y ambos derechos; los hay donde se enseña mucho y bueno de química y física experimental, de mineralogía o del arte de conocer las piedras que tienen plata, y de otras cosas; pero en ninguna parte se enseña medicina. Es verdad que hay tres cátedras en la universidad, una de prima, otra de vísperas y la tercera de methodo medendi, donde se enseña alguna cosita, pero esto es un corto rato por las mañanas, y eso no todas las mañanas; porque a más de los jueves y días de fiesta, hay muchos días privilegiados que dan asueto a los estudiantes, los que por lo regular, como jóvenes, están más gustosos con el paseo que con el estudio. Por esta razón, entre otras, no son en mi tierra comunes los médicos verdaderamente tales, y si hay algunos que llegan a adquirir este nombre, es a costa de mucha aplicación y desvelos, y arrimándose a este o a aquel hábil profesor para aprovecharse de sus luces. Agregad a esto, que en mi tierra se parten los médicos o se divide la medicina en muchos ramos. Los que curan las enfermedades exteriores, como úlceras, fracturas o heridas, se llaman cirujanos, y éstos no pueden curar otras enfermedades sin incurrir en el enojo de los médicos, o sin granjearse su disimulo. Los que curan las enfermedades como fiebres, pleuresías, anasarcas, etc., se llaman médicos; son más estimados porque obran más a tientas que los cirujanos, y se premia su saber con títulos honoríficos literarios, como de bachilleres y doctores. Ambas clases de médicos, exteriores e interiores, tienen sus auxiliares que sangran, ponen y curan cáusticos, echan ventosas, aplican sanguijuelas, hacen otras cosas