El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Viendo yo que mi pedantería no agradaba al chino, no dejé de correrme; pero disimulé y traté de lisonjearlo aplaudiendo las costumbres de su país, y así le dije:
–Después de todo, yo estoy encantado con esta bella providencia de que estén fijadas las leyes en los lugares más públicos de la ciudad. A fe que nadie podrá alegar ignorancia de la ley que lo favorece o de la que lo condena. Desde pequeñitos sabrán de memoria los muchachos el código de tu tierra; y no que en la mía parece que son las leyes unos arcanos cuyo descubrimiento está reservado para los juristas, y de esta ignorancia se saben valer los malos abogados con frecuencia para aturdir, enredar y pelar a los pobres litigantes. Y no pienses que esta ignorancia de las leyes depende del capricho de los legisladores, sino de la indolencia de los pueblos y de la turbamulta de los autores que se han metido a
interpretarlas, y algunos tan larga y fastidiosamente, que para explicar o confundir lo determinado sobre una materia, v. gr., sobre el divorcio, han escrito diez librotes en folio, tamañotes, amigo, tamañotes, de modo que sólo de verlos por encima quitan las ganas de abrirlos.
–¿Conque, según eso –decía el chino–, también entre esos señores hay quienes pretenden parecer sabios a fuerza de palabras y discursos impertinentes?